“LA PIPA DE KIF”, VALLE-INCLÁN
María
Luisa Arnaiz
The
Poet, David Wells
Valle-Inclán
reunió sus tres poemarios, “Aromas de leyenda”, “El pasajero” y “La pipa de
kif”, bajo el título de “Claves líricas”. El poeta alude al
hachís en el título del tercero, que cual camino iniciático se abre alabando la
droga para perder la consciencia, “en mi
pipa el humo da su grito azul, / mi sangre gozosa claridad asiste / si quemo la
Verde Yerba de Estambul”, y se cierra en medio de vapores de cloroformo, “y va mi barca por el ancho río / que separa
un confín de otro confín”. Es una pose. Valle-Inclán no
defiende los paraísos artificiales aunque lo parezca en “La tienda del
herbolario”, donde enumera plantas estimulantes y alucinógenas, sino que se mofa
de ellos en un brillante ejercicio estilístico, “¡Oh! Marihuana, verde neumónica, / cannabis índica et babilónica”, y
acaba en esta pirueta “Se apagó el fuego
de mi cachimba, / y no consigo ver una letra”. Siguiendo la estética de lo
azul, tan cara a simbolistas y modernistas, el escritor asocia la droga a dicho color: “El opio evoca sueños azules”.
Blue Velvet, David Wells
En algunos
poemas hay pinceladas sociales centradas en grupos marginales, así en
“¡Aleluya!”, “Yo anuncio la era argentina
/ de socialismo y cocaína. / De cocotas -putas de altos vuelos- con convulsiones / y de vastas Revoluciones”, en “Bestiario”, “Y la cotorra… / Feminista que disparata / en
la copa del calamac -peyote-”, y en “Vista madrileña”, “Hay un zapatero / que silba a un jilguero /
La Internacional”, pero, aunque el poeta critique las injusticias, no
adoctrina sino que afirma en un giro grotesco e incoherente: “Llevo mi verso a la Farándula: / Anímula,
Vágula, Blándula”.
Jessie, David Wells
En
cuanto a los ocho poemas sobre el crimen de Medinica, tan del gusto español por lo truculento, es de ponderar su disposición:
en apariencia se trata de una historia cuyos acontecimientos se narran de forma
lineal. En el primero, “El jaque de Medinica”, destaca la descripción del
protagonista, “La jeta cetrina… / rapada
la nuca / el habla rijosa, la ceja un breñal”. En el segundo, “Medinica”, la
topografía, “Un pueblo con soportales / y
balcones de madera”, y el retrato de los vecinos, “Pardillos de hablar adusto… / la cara el perfil de Augusto”. En “La
infanzona de Medinica”, el tercero, hay una mujer de la más rancia oligarquía,
“sangre de los Vargas”, avara,
hipócrita, “Doña Estefaldina nunca fue
casada… / odia a los masones, / reza por que mengüen las contribuciones… /
oprime en las rentas a sus aparceros… / da buenas palabras al que llora pan”.
El cuarto contiene el presagio de un agüero. Se titula “Tijeras abiertas”. Sigue
“La coima”, en el que el jaque despierta a su amante, le “enseña el puñal / ensangrentado” y, lasciva ella, “se enciende amorosa y carnal”. En “El
preso” camina “Entre Guardias Civiles, un
hombre maniatado” y corre tras él su amante, caracterizada con “el ramo venusto” (de Venus, origen de 'ramera'). En el séptimo,
“Garrote vil”, se asiste a la rutina diaria aun iniciándose unos preparativos, “¡Tan!, ¡Tan!, ¡Tan! canta el martillo. / El
garrote alzando están”. Y en el último, “El crimen de Medinica”,
estructurado en escenas como una historia de literatura de cordel, se asiste al
crimen por analepsis, “Abren la puerta
brazos armados… / sale una dama… / camisón blanco… / En la cocina tienen
doblada / dos hombres negros a la criada… / sendos puñales… clavados… / pasa
arrastrada, / de los cabellos, la encamisada… / ¡Madre! Qué grito del bandolero.
/ ¡Muerta!... / ¡Su propia madre canta el coplero”.
Red Velvet, David Wells































