María Luisa Arnaiz
Nicoletta Tomás, 2000
Cuando el virrey
subió a su coche con la virreina, para dirigirse al baile en casa del marqués,
el criado mulato se quedó escondido en un rincón del patio, hasta que cesaron
todos los ruidos del palacio. Sacó entonces una inmensa llave, y abrió la
puerta del salón central. Encendió una antorcha y se situó ante el gran tapiz
que adornaba el fondo del salón, y que representaba una hermosa escena de
bacantes y caballeros desnudos.
El mulato extendió
las manos y acarició el cuerpo de una Diana que se adelantaba sobre el tapiz.
Murmuraba en voz baja, hasta que de pronto gritó: ¡Venid! ¡Danzad!
Los personajes
tomaron movimiento y fueron descendiendo al salón. Comenzó la música del sabbat
y la danza de los cuerpos en medio de las antorchas. Ante el mulato los
personajes del tapiz iban cumpliendo el rito de adoración al macho cabrío.
Diana permanecía a
su lado, besándole de vez en cuando con golosa codicia.
Después de
consumidas las viandas del banquete, vino el momento de la fornicación, hasta
que sonó el canto del gallo y los personajes se fueron metiendo uno tras otro
en el tejido. Sólo quedaron, trenzados en el suelo, Diana y el mulato, al cual
encontraron a la mañana siguiente desnudo y muerto en el suelo con unos
desconocidos pámpanos manchados de sangre en la mano. Diana no estaba en el
tapiz.
Pedro Gómez Valderrama, La nave de los locos y otros
relatos







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