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sábado, 7 de junio de 2014

HOMENAJE A KAFKA

“LA FIRMA”, WALTER BENJAMIN

María Luisa Arnaiz

Laurent Botella

   El escritor que se suicidó, o no, en Portbou (Gerona), cuando huía de los nazis, usó las “Anécdotas” de Aleksandr Pushkin para encabezar con el relato que copio su ensayo sobre Fran Kafka.

   Potemkin sufría depresiones más o menos periódicas durante las cuales nadie podía acercársele y la entrada a sus aposentos estaba severísimamente prohibida. En la corte no se mencionaban para nada sus dolencias pues era sabido que cualquier alusión al respecto provocaba de inmediato el enojo de la emperatriz Catalina.
   Una de esas depresiones del canciller se prolongó más de lo habitual, ocasionando graves anomalías. En los despachos se amontonaban los expedientes cuya resolución -que sin la firma de Potemkin era imposible- urgía la zarina. Los altos funcionarios no sabían qué hacer. En aquellos días Schuwalkin, un insignificante ujier, fue a parar casualmente a la antesala del palacio del canciller, donde, como era habitual, se encontraban los consejeros de Estado lamentándose y quejándose.
   - ¿Qué ocurre, Excelencias? ¿En qué puedo servir a sus Excelencias? -se hizo notar el solícito Schuwalkin.
   Le explicaron lo que sucedía y lamentaron no poder utilizar sus servicios.
   - Si no es más que eso, señores míos -contestó Schuwalkin-, déjenme los expedientes, por favor.
   Los consejeros, que nada tenían que perder, se dejaron convencer y Schuwalkin, con el fajo de expedientes bajo el brazo, se encaminó… a los aposentos de Potemkin. Sin llamar… accionó el pestillo de la puerta. La habitación no estaba cerrada con llave… En la penumbra se podía ver a Potemkin con su bata raída, sentado en la cama y mordiéndose las uñas. Schuwalkin se dirigió al escritorio, cogió la pluma y, sin decir palabra, la puso en la mano de Potemkin al tiempo que dejaba el primer expediente sobre sus rodillas. Después de mirar distraídamente al intruso, Potemkin firmó un expediente tras otro. Cuando el último estuvo listo, Schuwalkin abandonó… la habitación…
   Agitando triunfalmente los expedientes, entró en la antecámara. Los consejeros salieron a su encuentro y le arrebataron los papeles… Jadeantes, se inclinaron sobre ellos. Nadie decía una palabra; el grupo parecía haberse petrificado. El ujier se acercó… Sus ojos se posaron entonces sobre las firmas. Un expediente y otro, y otro más, todos estaban firmados: Schuwalkin, Schuwalkin, Schuwalkin… 

sábado, 31 de mayo de 2014

JUDIT Y EL GENERAL

BÍBLICA

María Luisa Arnaiz

Fongweil Liu

   Levanto el sitio y abandono el campo… La cita es para hoy en la noche. Ven lavada y perfumada. Unge tus cabellos, ciñe tus más preciosas vestiduras, derrama en tu cuerpo la mirra y el incienso. Planté mi tienda de campaña en las afueras de Betulia. Allí te espero, guarnecido de púrpura y de vino, con la mesa de manjares dispuesta, el lecho abierto y la cabeza prematuramente cortada.

Juan José Arreola

jueves, 29 de mayo de 2014

BISEXUALIDAD

“ÓSCAR WILDE TRAS LA CÁRCEL”

María Luisa Arnaiz

Pedro Campos

   El bisexualismo de Wilde es cosa probada, aunque por culpa del escándalo de sus procesos tiende a pensarse en él como el puro apóstol y protomártir moderrno de la homosexualidad. Pero no solo se casó con Constance Lloyd, de la que tuvo dos hijos, sino que se habla mucho de una sífilis contraída con una puta en su juventud y de un temprano desengaño con una joven irlandesa a la que cortejó muy en serio durante dos años, al cabo de los cuales ella se casó con Bram Stoker… Y más de un amigo o conocido suyo se quedó perplejo cuando se desató el escándalo y supo cuáles eran las acusaciones: jamás habrían sospechado en él semejantes tendencias, dijeron, pese a la insistente profesión de helenismo que Wilde había hecho desde sus años estudiantiles y su viaje a Grecia… y su abrazo formal del paganismo, en detrimento del catolicismo al que había dudado si entregarse justo antes… cuando le tocó visitar (al Papa), en una audiencia romana procurada por su catoliquísimo y adinerado amigo Hunter Blair, se mantuvo en huraño silencio y el encuentro le pareció un espanto… Pero lo peor vino luego: al pasar junto al cementerio protestante, Wilde insistió en detenerse y allí se postró ante la tumba del poeta Keats con mucha más devoción de la que había ofrecido al no tan pío Pío IX.

“Vidas escritas”, fragmento, Javier Marías

martes, 20 de mayo de 2014

EL MUCHACHO DE PÉRGAMO

DEL SATIRICÓN

María Luisa Arnaiz

Pavel Tchelitchev

   “Cuando me llevaron a Asia al servicio de un cuestor, encontré alojamiento en Pérgamo. Viviendo a gusto allí, no solo porque la vivienda era confortable sino también gracias al bellísimo hijo del anfitrión, me ingenié la manera de no infundir sospechas al señor de la casa. Por ello, cada vez que en una conversación se hacía mención de la pederastia, me ponía intensamente pálido y, con tan severa tristeza me negaba a que ultrajasen mis oídos con palabras obscenas, que la madre me miraba como si fuese un filósofo. Yo ya había empezado a llevar al mozalbete al gimnasio, a organizarle los estudios, a enseñarle y prevenirle, con el fin de que no se admitiese en casa a ningún depredador sexual.
   Estábamos echados por ventura en el comedor…cuando a eso de la media noche me di cuenta de que el chaval estaba despierto…lo acosé con algunos besitos…La noche siguiente...me atraqué con todo su cuerpo, excepto llegar al orgasmo…A la tercera …”

Petronio, “El satiricón” 

viernes, 2 de mayo de 2014

NUEVO ESCLAVISMO

ESE TIPO ES UNA MINA

María Luisa Arnaiz

Joakim Johansson

   No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

Luisa Valenzuela

domingo, 6 de abril de 2014

LEYENDA URBANA

HELARTE DE AMAR

María Luisa Arnaiz

Steven Meisel (fotografía)

   En las películas basta una mirada o una tenue insinuación, para que dos desconocidos terminen haciendo el amor en un elevador o en cualquier pensión de mala muerte. Por eso elegí una mesa de esta cafetería de señoras cursis, para mirar con lánguida insistencia a las desconocidas que más me gustan. Al principio no me hacían caso y más de una se marchó ofendida, pero después de tantos años de venir todas las tardes, ahora son ellas las que me devoran con los ojos.  Especialmente desde que corrió el rumor de que solo soy un casto anciano que enloqueció de amor cuando su novia murió atropellada antes de entrar a la cafetería. No sé cómo empezó todo, pero he terminado convertido en una leyenda urbana y sentimental. Mejor, porque en realidad me excita que me rebañen con la mirada, que fantaseen con mi vida y que me regalen sus poemas guarros. De joven me hubiera gustado acostarme con cualquiera de esas desconocidas, y ya de viejo me basta con saber que podría tirármelas a todas.

Fernando Iwasaki, “Helarte de amar”

domingo, 23 de marzo de 2014

ADIVINACIÓN, IMPOSIBILIDAD MASCULINA

ELLA

María Luisa Arnaiz

 Casey Baugh

   Érase una vez ella, que se enojó por algo que había comentado él. Ella se resistía a indicárselo, pues deseaba que él se diese cuenta por sí mismo. Así que se mostró esquiva, abrupta y arisca. Y como él no entendía por qué se comportaba así, se lo preguntó sin más. Eso la contrarió doblemente, porque además de no ser lo que ella esperaba, confiaba en que él tuviera la sensibilidad suficiente para comprender qué le sucedía. Y entonces él se enfadó y le dijo que era demasiado reservada; y los dos se pusieron a discutir acaloradamente por otros asuntos que nada tenían que ver y por los que ninguno estaba disgustado y nunca hubiera recriminado al otro. Y todo fue por ese algo que ella no recordaba cuando él la besó, que era de lo que se trataba.

Fernando Trías de Bes

sábado, 15 de marzo de 2014

EL ENIGMA DEL TERCER JARDÍN

ISPAHAN

María Luisa Arnaiz

Thomas Dood (fotografía)

   En Ispahan hay tres jardines. Uno dedicado a los jóvenes, otro a los viejos y el tercero a los que aún no nacen. Los jóvenes juegan al amor, los viejos los observan a distancia. Éstos son torturados por la memoria de su propia juventud; aquéllos por la certeza de lo que les espera. El significado del tercer jardín es un enigma. Resolverlo es tarea del viajero: el lector.

José Emilio Pacheco

jueves, 20 de febrero de 2014

LIBERTAD, PÉRDIDA DE INOCENCIA

EL HOGAR

María Luisa Arnaiz

Brian Scott

   La niña solo tenía cuatro años, sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido y su madre, para concienciarla del cambio que les esperaba, la llevó a la cerca de alambre de espino; desde allí, de lejos, le enseño el tren.
   - ¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.
   - Y entonces ¿qué pasará?
   - Entonces ya estaremos en casa.
   - ¿Qué significa estar en casa? -preguntó la niña.
   - El lugar donde vivíamos antes.
   - ¿Y qué hay allí?
   - ¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontremos también tus muñecas.
   - Mamá, ¿en casa también hay centinelas?
   - No, allí no hay.
   - Entonces ¿se podrá escapar de allí?

István Örkény

domingo, 9 de febrero de 2014

EN UN CLIC MÁGICO

DONCELLA Y UNICORNIO I

María Luisa Arnaiz

Jo King

   Hay quienes suponen agotado el tema del unicornio y la doncella por extinción de ambas especies. Sin embargo el diario de hoy publica la fotografía de un caballo con un manchón sanguinolento sobre la frente. El animal asegura haber sido, hasta pocas horas antes de la toma, una auténtica doncella.

Ana María Shúa

viernes, 31 de enero de 2014

TERROR BLANCO

FÁBULA DE UN ANIMAL INVISIBLE

María Luisa Arnaiz

Violinista, detalle, Diego Dayer

   El hecho -particular y sin importancia- de que no lo veas no significa que no exista, o que no esté aquí acechándote desde algún lugar de la página en blanco, preparado y ansioso de saltar sobre tu ceguera.

Wilfredo Machado

domingo, 26 de enero de 2014

EROTIC METAPHOR

*ESPEJO DE VIENTO Y LUNA

María Luisa Arnaiz

Iza III, José Luis Corella

   “…En un año las dolencias de Kia Yui se agravaron. La imagen de la inaccesible señora Fénix gastaba sus días; las pesadillas y el insomnio, sus noches.
   Una tarde un mendigo taoísta pedía limosna en la calle, proclamando que podía curar las enfermedades del alma. Kia Yui lo hizo llamar. El mendigo le dijo: “Con medicinas no se cura su mal. Tengo un tesoro que lo sanará si sigue mis órdenes”. De su manga sacó un espejo bruñido por ambos lados; el espejo tenía la inscripción: Precioso Espejo de Viento y Luna. Agregó: “Este espejo viene del Palacio del Hada del Terrible Despertar y tiene la virtud de curar los males causados por los pensamientos impuros. Pero guárdese de mirar el anverso. Mañana volveré a buscar el espejo y a felicitarlo por su mejoría.” Se fue sin aceptar las monedas que le ofrecieron.
   Kia Yui tomó el espejo y miró según le había indicado el mendigo. Lo arrojó con espanto: el espejo reflejaba una calavera. Maldijo al mendigo; irritado, quiso ver el anverso. Empuñó el espejo y miró: desde su fondo la señora Fénix, espléndidamente vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después Fénix lo acompañó hasta la salida. Cuando Kia Yui se despertó, el espejo estaba al revés y le mostraba, de nuevo, la calavera. Agotado por la delicia del lado falaz del espejo, Kia Yui no resistió, sin embargo, a la tentación de mirarlo una vez más. De nuevo Fénix le hizo señas, de nuevo penetró en el espejo y satisficieron su amor. Esto ocurrió unas cuantas veces. La última, dos hombres lo apresaron al salir y lo encadenaron. “Los seguiré”, murmuró, “pero déjenme llevar el espejo”. Fueron sus últimas palabras. Lo hallaron muerto sobre la sábana manchada.”

“Hung Lou Meng”, novela atribuida a Tsao-Hsueh-Chin

*El título es una metáfora erótica del goce solitario.

jueves, 26 de diciembre de 2013

LECCIÓN DE ESTILO

PARÉNTESIS

María Luisa Arnaiz

Sashura, Jonathan Weiner

   “(Ese escritor era tan respetuoso con sus lectores que todo lo que escribía lo ponía entre paréntesis para que ellos pudieran elegir (libremente) entre leerlo o no, incorporar el texto completo o tomarlo como una (simple) intercalación, o bien quedarse sólo con los paréntesis que a veces (como se sabe) son mucho más útiles en la vida que en la literatura.)
Jorge Timossi

viernes, 29 de noviembre de 2013

CUANDO SE APAGA EL AMOR

EL ÁLBUM

María Luisa Arnaiz

Michel Pellus

   Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.
   - ¿Qué van a tomar?
   - Café con leche. ¿Y tú?
   - Lo mismo.
   En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra, hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil. Sus compañeros de colegio -él lo recordaba- habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda la vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no.
   - No, hoy “Las Mariposas”, no -decía ella con tremendo gozo-. Hemos visto ya “Los Grandes Inventos”.
   Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de “Las Mariposas”, ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él -el novio- tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de “Las Aves Domésticas” proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían en la ventana con sol: “Mejor blanco” insinuaba él. “No, tiene que ser naranja”, decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. “Las Aves Exóticas” pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y ‘confetti’. En “Flores Para Regalo”, él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar “Animales Prehistóricos”, tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo “Los Animales Prehistóricos”, pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de “Las Piedras Preciosas”. Ante “Las Piedras Preciosas” él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En “Las Algas” enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con “La Evolución del Automóvil” lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con “Las Fieras” se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con “La Fauna del Mar” cruzaron por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a “Las Frutas”, ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán.
   Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días -sobre todo el último- a que él dijera: “El álbum, para ti, te lo regalo”. Pero no lo hizo. Llenar aquel álbum de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le hubiera devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella -que se había enamorado de aquel álbum- le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.

Medardo Fraile

¡VACACIONES!

domingo, 24 de noviembre de 2013

NINFO, NINFA

NARCISO 2050

María Luisa Arnaiz

Michal Macku (fotografía)

   Se deseaba demasiado. Ya no era posible esperar más tiempo. Su cuerpo temblaba anhelando la imagen que podía únicamente acariciar el cristal.
   Malditos científicos. Se suponía que aquella libertad para mutar testículos por ovarios y tetillas por senos debía ejercerse por placer. El mecanismo de transmutación genérica servía para amplificar las posibilidades del goce, no para inducir sufrimiento.
   Se miró nuevamente a los ojos. Solo tenía que oprimir el lóbulo de la oreja; punto exacto en que se ubicaba el interruptor. Apretó los labios. Su sueño era imposible. Nunca podría poseerse, pero había que despedirse. Accionó el botón. Una corriente eléctrica sacudió su cuerpo. Las últimas partículas hormonales se instalaron en las células. El cabello, largo y sedoso, le cubrió la espalda. Admiró la perfección de sus caderas y acarició con la mirada la piel libre de vellos. Se dijo que se amaba. El puño se estrelló contra los labios que sonreían con amargura. Observó sus mejillas fracturadas.
   Tomó un trozo de cristal que intentaba desprenderse de la imagen y lo hundió en el vientre con escisión. La falta de uno de los fragmentos propició la caída de los otros. Uno a uno cayeron al piso como haces de luz sobre la enrojecida superficie. Cerró los ojos y pensó en otr@s que, como él, caerían en la trampa. El inventor de aquella maravilla biotecnológica tuvo que haber vislumbrado, también, la destrucción de los espejos.
  
Angélica Santa Olaya

domingo, 17 de noviembre de 2013

“CÁSATE Y SÉ SUMISA”

SOBRE UN OPÚSCULO CAVERNARIO

María Luisa Arnaiz

 Barbara Cole

   La mujer que ahora está tomando un helado de vainilla en la primera mesa de este café lo ha tenido siempre muy claro. Busca (y buscará hasta que lo encuentre) lo que ella llama un hombre de verdad, que vaya al grano, que no pierda el tiempo en detalles galantes, en gentilezas inútiles. Quiere un hombre que no preste atención a lo que ella pueda contarle, pongamos, en la mesa, mientras comen. No soporta a los que intentan hacerse los comprensivos y, con cara de angelitos, le dicen que quieren compartir los problemas de ella. Quiere un hombre que no se preocupe por los sentimientos que ella pueda tener. Desde púber huyó de los pipiolos que se pasaban el día hablándole de amor. ¡De amor! Quiere un hombre que nunca hable de amor, que no le diga nunca que la quiere. Le resulta ridículo, un hombre con los ojos enamorados y diciéndole: «Te quiero». Ya se lo dirá ella (y se lo dirá a menudo, porque lo querrá de veras), y cuando se lo haya dicho recibirá complacida la mirada de compasión que él le dirigirá. Esa es la clase de hombre que quiere. Un hombre que en la cama la use como se le antoje, sin preocuparse por ella, porque el placer de ella será el que él obtenga. Nada la saca más de quicio que esos hombres que, en un momento u otro de la cópula, se interesan por si ha llegado o no al orgasmo. Eso sí: tiene que ser un hombre inteligente, que tenga éxito, con una vida propia e intensa. Que no esté pendiente de ella. Que viaje, y que (no hace falta que lo haga muy a escondidas) tenga otras mujeres además de ella. A ella no le importa, porque ese hombre sabrá que, con un simple silbido, siempre la tendrá a sus pies para lo que quiera mandar. Porque quiere que la mande. Quiere un hombre que la meta en cintura, que la domine. Que (cuando le dé la gana) la manosee sin miramientos delante de todo el mundo. Y que, si por esas cosas de la vida ella tiene un acceso de pudor, le estampe una bofetada sin pensar si los están mirando o no. Quiere que también le pegue en casa, en parte porque le gusta (disfruta como una loca cuando le pegan) y en parte porque está convencida de que con toda esta oferta no podrá prescindir jamás de ella.

“La sumisión”, Quim Monzó

sábado, 26 de octubre de 2013

MORIR DE WERT… GÜENZA

EL MAESTRO

María Luisa Arnaiz

Enzo, Antonio Castelló

   Lo fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada esta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en la primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.
   Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos ─porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico.
   Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: “Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor”.
   Ya en la universidad, egoístamente, dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.

Luis Cernuda, “Ocnos”

sábado, 7 de septiembre de 2013

AUSENCIA

MATAR A UN NIÑO

María Luisa Arnaiz

De paso, Jorge Gallego

   Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas porque es domingo. Entre dos campos de centeno dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café canturreando y los niños están sentados en el suelo abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y a una muchacha que ríe a su lado. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz y, antes de entrar en el automóvil, se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Ausencia I, Jorge Gallego

   Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena en la cocina y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y en ese momento pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino y, mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca sin embargo pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y piensa que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche sueña en lo terso que estará.

El trompo de Jesús, Jorge Gallego

   ¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad que, un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y, un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar y, durante el último minuto de la vida de un niño, pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?
Después, todo es demasiado tarde. Después hay un coche azul cruzado en el camino y una mujer que grita retira la mano de la boca y la mano sangra. Después un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla y un niño yace inmóvil boca abajo con la cara duramente apretada contra el camino. Después llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
   Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz que lo mató.
   Porque el que ha matado a un niño no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras y, cuando se separan, todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.
   Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

Stig Dagerman, “Att döda ett barn”

domingo, 28 de julio de 2013

PARA MIRARTE MEJOR

PETIT CHAPERON ROUGE

María Luisa Arnaiz

Petit Chaperon Rouge, Carmen Mansilla

   Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte con esta boca desdentada.

Juan Armando Epple

viernes, 26 de julio de 2013

LA REINA VIRGEN

FALSIFICACIONES

María Luisa Arnaiz

 
Harding Meyer

   He sabido que Isabel I de Inglaterra fue un hombre disfrazado de mujer. El travestismo se lo impuso la madre, Ana Bolena, para salvar a su vástago del odio de los otros hijos de Enrique VIII y de las maquinaciones de los políticos. Después ya fue demasiado tarde y demasiado peligroso para descubrir la superchería. Exaltado al trono, cubierto de sedas y de collares, no pudo ocultar su fealdad, su calvicie, su inteligencia y su neurosis. Si fingía amores con Leicester, con Essex y con sir Walter Raleigh, aunque sin trasponer nunca los límites de un casto flirteo, era para disimular. Y rechazaba con obstinación y sin aparente motivo las exhortaciones de su fiel ministro Lord Cecil para que contrajese matrimonio aduciendo que el pueblo era su consorte. En realidad estaba enamorado de María Estuardo. Como no podía hacerla suya recurrió al sucedáneo del amor: a la muerte. Mandó decapitarla, lo que para su pasión desgraciada habrá sido la única manera de poseerla.

Marco Denevi, “Falsificaciones”