María Luisa Arnaiz
José Manuel Gómez
Siempre me he
preguntado cómo se puede caer en el engaño de viejas trampas. Ya no se oyen
timos del tipo tocomocho aunque se seguirá
picando, pues es raro que se abstengan los estafadores de truco tan probado.
Ahora las estafas son sobrenaturales: no pueden ser entendidas racionalmente.
Estafa, de ‘staffa’, estribo en italiano, es pieza metafórica donde se apoya el
Gobierno para saquearnos. El mundo está lleno de
oportunistas y trepadores. Leonora Dori, hermana de leche de María de Médicis, lo
fue. La Gran
banquera logró que un arruinado vástago de la familia Caligai la adoptara,
antes de casarse ella con Enrique IV, para hacerla presentable. Desde entonces
su ascensión en la corte francesa fue estratosférica. Una vez que Luis XIII,
cerrando los ojos, aprobara el asesinato de Concini, su marido, supo cuál sería
su destino. Acusada de brujería, se la decapitó, se la quemó y, tal como decía
la sentencia, sus bienes se devolvieron a la Corona. La pareja había
reunido una fortuna descomunal. La carta anónima -¿de Sully?- que recibió el
rey decía: “lo único que les falta para
estar en verdadera posesión de la realeza es el título...al que aspiran”. Los populares sobrealimentados han estafado al Estado. En España hace falta un impulso real con otro estafador.

























