María Luisa Arnaiz
Pawla Kuczynskiego
De un tiempo a esta
parte vengo observando cómo proliferan las peticiones de perdón cuando se
comete un error craso o liviano. No les hablo del calco inglés “perdón, ¿en que puedo ayudarle?”, con el
que en los comercios se nos aborda a manera de servicio, aunque solo hayamos
entrado porque pasa la hora sin que nuestro ‘objetivo’ -término policial
referente al amigo con quien hubiéramos quedado- dé señales de vida, sino del
ruego eximente como el de la perito de la Policía científica sobre los niños desaparecidos
en Córdoba. Ayer rectificó y pidió perdón por su error y por el daño que hubiera causado a la familia
de los pequeños. Pese a que “reconocer un error es de sabios”, sentencia
inteligente donde las haya, yo quiero considerar los casos de tantos que,
después de cometer tropelías a conciencia, aparecen públicamente pidiendo
perdón. Desfalque usted, abuse de menores, diga a los ciudadanos
que se hace lo que no gusta… Pida perdón. ¿Qué hay bajo esta moda? Cinismo bien calculado que redunda
en beneficio propio.



















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